Desde diferentes perspectivas y lugares muchas voces señalan como
ineludible la muerte anunciada del periódico en papel. La disminución de ventas
de los diarios más grandes del mundo en distintos continentes y países parece
confirmarlo. El New York Times, The
Times, Washington Post, El País, El Mundo, ABC, Le Monde, La Nación, Clarín, El
Corriere della Sera todos están preocupados, algunos han apostado al
periodismo digital libre, otros al de pago, algunos creen posible que el
digital subvencione el gráfico… ¿Puede la historia brindarnos alguna ayuda en
esta encrucijada?
Introducción
Jeffrey Bezos, Ceo del Washington
Post apunta entre otras cosas a evitar “el corte y pegue”, aumentar la
credibilidad, apostar al periodismo de investigación y dar libertad al
periodista (El Confidencial, 2013).
La economista francesa especializada en Medios de Comunicación, Julia Cagé,
considera que la información es un bien de interés público por lo que el Estado
debe hacerse cargo de la existencia de los periódicos (Convermedia, 2016). Arthur Sulzberger, editor de The New York Times, imaginaba hace más
de una década ya, un futuro en el que no existirían los diarios en papel (La Nación, 2007). Y el futuro del
periodismo digital tampoco está asegurado pues una de las principales
diferencias con el gráfico es que el lector digital no lee el periódico
completo sino que pasa de un artículo a otro y de un diario a otro. El sistema
de pago no ha podido evitar esta “infidelidad intrínseca” del lector digital.
Jacek Utko, diseñador polaco, propuso que en todo el proceso de creación del
periódico, para asegurar su supervivencia, el diseñador debería estar presente
(TedxBarcelona, 2017). Walter
Isaacson, ex editor de la Revista Times, presenta
como estrategia de conservación del periodismo gráfico un sistema de micropagos
en el que se pague, por artículo, por semana o por mes según las preferencias
del lector. Sin embargo, otros opinan que esto, lejos de salvar, aceleraría la
muerte del periódico (Periodista digital,
2010).
En medio de la dificultad de la situación las opiniones son por demás
diversas desde algunos que creen que no hay solución posible hasta los que
creen que la solución es innovar convirtiendo a los periódicos en una suerte de
blogs locales o exactamente lo contrario, una empresa transnacional (La Nación, 2007). Otros piensan que la
solución es apostar al sistema de pago por suscripción en la web, aunque esto
se viene realizando desde hace bastante tiempo y no ha remediado verdaderamente
la situación. En lo único que todos coinciden es en la importancia de ofrecer un
periodismo de calidad.
Otras veces se plantea la cuestión desde la perspectiva ambiental y si
tiene sentido seguir talando árboles para producir papel que dura un día, aun
cuando se recicle. Ante esto algunos proponen que de lunes a sábado los diarios
sean exclusivamente digitales y sólo el domingo seguir imprimiendo en papel. De
este modo el ahorro de papel, permitiría salvar al diario al mismo tiempo que
se disminuye el impacto ambiental sobre los bosques (Guioteca, 2017). Y hasta hay un innovador experimento nacido en Polonia
desde una empresa artesanal de papel que ha producido un tipo de papel con
glucosa, rico en energía, cuyo uso permitiría salvar las abejas, en retroceso y
peligro de extinción, posibilitándoles recuperar energías ante la disminución
de la flora y aumento del cemento, por crecimiento de las ciudades. Este papel
podría utilizarse en las bolsas de embalaje de alimentos, en papel de escribir,
en vajilla de picnic y ¿por qué no en periódicos? De este modo el diario
ayudaría a salvar una especie que genera una importante industria (Rewisor, 2018).
El problema es complejo y las soluciones no son fáciles ni tampoco únicas.
Sin embargo, es posible plantear una alternativa estudiando y observando,
investigando y aprendiendo de los orígenes históricos del periodismo. Nuestra tesis
doctoral se ocupó del periodismo en Cuyo desde 1820 a 1852 (Greco, 2015). Desde el conocimiento producido por esa investigación queremos ofrecer
algunas reflexiones.
Nuestros primeros periódicos
El periodismo en Cuyo se inició en 1820 con El Termómetro del Día. Pero durante mucho tiempo poco se supo del
periodismo inicial de Cuyo, y especialmente del mendocino. La mayor parte de
las fuentes periodísticas se encontraban perdidas
o dispersas en archivos y bibliotecas nacionales debido al terremoto
que afectó a la región, y especialmente a Mendoza, en 1861. Este terremoto fue
absolutamente devastador para esta ciudad que quedó prácticamente en ruinas.
Sólo la colección del Registro
Ministerial y tampoco absolutamente completa, existe en la provincia. La
mayoría de los periódicos de Mendoza no se encuentran en el país. Esta es la
razón por la cual lo que conocíamos del inicio periodístico era información
fragmentaria y de segunda mano.
Por esto es que el hallazgo de
los primeros periódicos de la región, que hicimos con motivo de la mencionada
tesis doctoral, en Río de Janeiro fue absolutamente decisivo para poder
reconstruir esta historia del periodismo. Estas primitivas publicaciones
cuyanas integran la Colección perteneciente a Don Pedro de Angelis (erudito
napolitano) que habiendo sido colaborador de Juan Manuel de Rosas, después de
la derrota de este en la Batalla de Caseros en 1852, se encontró sin
posibilidades de trabajo, por lo que tomó el camino del autoexilio hacia
Montevideo. Desde allí pasó a Río de Janeiro, donde fue recibido con honores
por el emperador Pedro II, quien también era un bibliófilo apasionado. Allí
logró vender su rica biblioteca al Imperio del Brasil en 1853, en la suma de
ocho mil pesos fuertes. La Colección De Angelis figura en la actual Biblioteca
Nacional de Río de Janeiro, y se halla integrada por 2.785 libros y folletos
impresos y 1.291 documentos y mapas, es decir, 4.076 piezas en total. A esta colección
pertenecen los documentos de Cuyo. De Angelis, luego regresó a Uruguay en 1854,
desde donde volvió a Buenos Aires, ciudad en la que viviría hasta su muerte en
1859.
El
hallazgo de esta documentación fue realmente decisivo puesto que los primeros
periódicos de Mendoza y San Juan, se encuentran allí, así como también
colecciones completas de otros periódicos que eran inhallables en el país. Esto
nos ha permitido escribir desde la historia del periodismo, desde la ciencia
histórica, la filosofía, la literatura, la retórica, la política, el derecho y
la justicia, la economía y la política exterior con fundamento en las fuentes y
no sólo en lo que los cronistas comentaban de ellas.
Aclarado este aspecto heurístico, es preciso explicar que
la actividad periodística era muy diferente de la actual. El periódico era
principalmente un espacio literario o de teoría política. La “noticia” como
centro del periódico y la función “informativa” como
preeminente, no existían en la época a la que nos referimos. No había
prácticamente tensión entre la parte referencial del periódico o registro de
los acontecimientos, y el objetivo pragmático, dado que la primera era
habitualmente poco menos que nula. Como tampoco había un estudio cuidadoso en
relación con la diagramación, los titulares, las secciones. No había una clara
separación entre las secciones de opinión y de información. El lector adivinaba
cuál era la editorial simplemente porque se encontraba ubicada al comienzo,
solía no llevar ningún título o, a lo sumo, la lacónica expresión “El Editor”.
La mayoría de las veces los artículos no llevaban firma. Los títulos eran
apenas enunciaciones que en muchos casos ni siquiera informan sobre el
contenido del artículo. Por ejemplo: “periódicos extranjeros”, “Chile”, “El
río”, “Aviso editorial”, “Proclama”, “Guerra”, “Sala de RR.”, “Administración
de justicia”.
En cierta manera podríamos decir que la
dimensión ideológica del periódico y el periodista de esta época se manifestaban
abierta y directamente, pues no existía la depurada premeditación en la
formulación de titulares, distribución del material o decisiones textuales que
hoy, en ocasiones, nos dicen más sobre la ideología que subyace al suministro
de la información que el discurso mismo.
Ubicados en estas características del
discurso periodístico y si a ello sumamos las peculiaridades del contexto de la
época: la lentitud de los caminos y la demora en recibir las informaciones que
producían publicaciones periódicas carentes de la inmediatez del diario de hoy,
cada día más veloz, corriendo tras la primicia. Agreguemos también las
constricciones tecnológicas –las imprentas de primera mitad del siglo XIX
seguían siendo las mismas que la de Guntenberg– lo que impedía, en el caso de los
primeros periódicos, la producción de publicaciones de una extensión superior a
las cuatro páginas.
Con todas estas restricciones y
dificultades ¿cuál era, entonces, la riqueza de aquellos periódicos? ¿Qué
pueden enseñarnos que nos sirva para reflexionar ante la crisis actual del
periodismo gráfico?
Aprendiendo de los
antiguos periódicos
Cuando tomamos contacto con estos
periódicos nos parecen notables, justamente porque su pobreza de diseño, de calidad
de imprenta, de disponibilidad de recursos materiales y tecnológicos se
compensa con la riqueza de contenido, la calidad literaria de los discursos, lo
universal de los conocimientos y la hondura científica de sus periodistas. Todo
esto da como resultado productos capaces de pervivir por los valores que el
discurso entraña en los planos conceptuales, éticos y estéticos. De manera que
los periódicos decimonónicos quedan ubicados en un sitio más cercano al
discurso literario, destinado a perdurar, que a lo meramente periodístico,
condenado a fenecer.
Si en algo coinciden los diferentes
analistas del problema actual, es en que hay que fortalecer la calidad y el
periodismo de investigación. Los periódicos del siglo XIX tenían justamente
esta cualidad, les faltaba todo lo material pero estaban plenos de sentido, de
creatividad.
Eran capaces de insertar
una idea política bajo la apariencia de un aviso comercial, de simular cartas
de lectores para dar plurivocidad al texto aunque en realidad fuera íntegramente
escrito por un único periodista. Atados por los rudimentos de una tecnología
elemental, tenían la creatividad de manifestar la oposición política contra
quienes consideraban habían invertido el orden, postergando el Bien Común, y
para hacerlo recurrían al sencillo recurso de escribir las palabras con las
letras invertidas para indicar que habían puesto todo patas arriba (estas palabras aparecen invertidas).
La literatura tuvo un lugar
privilegiado como hemos estudiado y expuesto en otra ocasión (Greco, 2016) y la
riqueza de los conocimientos clásicos de los periodistas era verdaderamente
notable, conocimientos que es evidente seguían teniendo gran vigencia social,
como lo hemos demostrado en otro artículo (Greco, 2018). También nos resulta valioso
que el periódico tuviera lugar para la poesía. Aristóteles ha desarrollado la alta estima en
que ha de tenerse a la poesía por ser mediadora entre los dioses y los hombres.
El arte es mímesis, conforme al sentido aristotélico de la poesía. Esa mímesis
de la que habla el filósofo no es mera imitación, como diríamos en nuestro
lenguaje actual, sino imitación como manifestación de una forma (1990). El
poeta no imita como quien copia, sino como quien enhebra símbolos[1]. En nuestros tiempos, tan prosaicos, se nos hace algo increíble e impropio
pensar en la poesía vinculada al periodismo. Como no sea en algún suplemento
cultural dominical, el diarismo contemporáneo no tiene lugar para la poesía. Si
pensamos en nuestros diarios tan voluminosos, con multiplicación de páginas,
secciones y subsecciones comparados con estos breves periódicos decimonónicos
de cuatro páginas como máximo, las que a veces no se podían llenar “por escasez de letras”… Si establecemos esa
comparación, más resalta el hecho de que esas cortas “hojas” dieran lugar a la
poesía, o inclusive que pudiera ser el periódico íntegramente redactado en
verso.
La primera inferencia que esta
constatación nos sugiere es que la poesía debía ser connatural a la vida de
aquellos hombres. También, como segunda inferencia, podemos pensar que,
seguramente, la escritura poética debía ser altamente estimada por su valor estético y pedagógico. Por último,
que aquellos hombres consideraban que la poesía daba lugar al placentero espíritu
de admiración, que nos permite el disfrute y el razonamiento, aprendiendo algo.
En las sociedades ágrafas,
sociedades de estilo oral, se conservaba en versos los recuerdos arraigados en
los entresijos del alma. Por eso es que la poesía, como
decía Aristóteles, es anterior y más natural que la prosa (1985). Y si la
poesía está más cerca del lenguaje y el estilo oral, justo era que en aquellos
primeros periódicos se guardara celosamente un lugar para ella. Podríamos
pensar que en nuestros tiempos tan acelerados, en los que no hay lugar para el
cuento sino apenas para el chiste, en que no hay lugar para el poema sino
apenas para la prosa, tal vez sea esa una de las razones que hacen a nuestras
publicaciones efímeras. ¿Para qué guardarlas? ¿Es que acaso pueden tener algún
valor al día siguiente de los sucesos que rápidamente relatan?
Vicente Fidel López en su Curso de Bellas Letras (1845) nos ofrece “una clasificación
completa de los principales géneros de poesía, que son –el pintoresco, el lírico, el
dramático, el épico, el satírico y el didáctico” (240). La poesía es definida
por el autor como “la efusión
instantánea y libre de los sentimientos y visiones del alma”.
Siguiendo la clasificación de López
ordenamos según esta, a las poesías de los periódicos cuyanos. Encontramos
composiciones de tipo lírico, costumbrista, satírica, dramáticas y
costumbristas de tipo moralizante.
En 1849, la Ilustración Argentina, se presenta
con la promesa de:
Exponer en un cuadro abreviado y
completo todas las ciencias de que se enorgullece el espíritu humano; trazar la
marcha de las adquisiciones y de las conquistas con que se ha enriquecido la
inteligencia del hombre con el transcurso de las edades y los
grandiosos esfuerzos del genio; en una palabra, recorrer el vasto campo de la
naturaleza física y moral, hasta donde ha llegado a penetrarlo el saber y los
trabajos de todas las generaciones, de todos los siglos, tal es el objeto que
se proponen los redactores de la presente publicación, y para cuya realización
han resuelto no omitir ningún sacrificio, ninguna fatiga.
Es un caso
de periodismo de tipo cultural-científico. De cuarenta páginas cada ejemplar,
vieron la luz seis números coleccionables que completaron 122 páginas del más
variado contenido como habían prometido los escritores. Un artículo de Llerena en la
Ilustración ha sido estudiado por Roig (1996a) quien lo conceptúa “un
verdadero manifiesto de ideas estéticas”, un manifiesto romántico, al que
incluye en lo que llama el despertar federal de las letras. Titulado “Mendoza
pintoresco” apareció en el n.5 de
Ilustración argentina en octubre de 1849. También en el n. 2 aparece una
“Carta” atribuida por Roig a Llerena. La estética del autor, su valoración del paisaje inducen a Roig a
considerarlo como un verdadero manifiesto romántico que tiene continuidad con
escritos posteriores de Llerena (1996b, 99).
Otra de las novedades
que introduce Ilustración Argentina, además del folletín y el suplemento científico,
es la de formar una colección por lo que la numeración de páginas es doble,
arriba lleva una numeración continua de un número a otro y debajo se insertan
los números de páginas correlativos de cada texto coleccionable.
En el n. 1 aparece un artículo
titulado “Revista del mes” hace crítica de costumbres en la persona de un Señor
Far-niente[4] que
vive para los bailes, la galantería, los gustos extranjerizantes. El n. 2 ofrece una síntesis de la repercusión social que ha tenido el
periódico, las críticas que se le han hecho y las respuestas a dichas críticas.
En la “Revista del Mes” regresa Farniente y entre otros
comentarios se refiere a los festejos del 25 de mayo donde hace una interesante
descripción de las costumbres nacionales. Hablando de las jineteadas y corridas
de sortija expone:
en estos casos, el traje europeo sobre frio y
ridículo, es, no se puede más, impropio. En estos casos no hay como el chiripá,
pero un chiripá ancho y flotante, color cólera y amor, q’ se ajita [sic] al viento y comunica una graciosa
movilidad á la persona: la chaqueta paizana [sic], corta,
cómoda y agraciada: el apero nacional con su carona de toro negro, y su sobre
pellón bordado de blanco, por las blancas manos de una querida.
Narra las tertulias que se
improvisaron esa noche, que “estuvieron chispeantes de animación y de vida”, y
en las que “la media caña reynó [sic]
en furor, y mas de una resbalosa hizo brillar el
esbelto talle, las agraciadas formas y el breve pie de nuestras tiranas”. En otro
novedoso texto que bajo la forma y el nombre de “Correspondencia” simula la
escritura femenina de una comprovinciana que responde a una amiga de la capital
y le cuenta sobre la vida en Mendoza. Termina con estas líneas que manifiestan
la nueva percepción estética del paisaje:
Por lo demás aquí se disfruta del mas bello clima del mundo; los días son
magníficos, las tardes deliciosas. […] Aunque me tomes por una romántica o por una aturdida, te aseguro
que no hay para mí cosa más deliciosa, que dar un vistazo por las tardes, al
ponerse el sol, hacia los azulados declives de la cordillera […] El golpe de
vista es magnífico, y allí puede decir uno que se empapa por los ojos y el
corazón, en esas tiernas y tranquilas armonías que se despiertan en el alma a
manera de los ecos lejanos de una melodiosa música[5].
Hay sin dudas una percepción del
entorno como paisaje con sus tres elementos fundamentales: el entorno natural y
el observador, un conjunto de valores que el observador deposita en el entorno,
una serie de técnicas de representación según la mirada adoptada y los valores
asignados. Como bien lo explica Gustavo Zonana “en la construcción del entorno
como paisaje el observador desempeña un papel de capital importancia: es la
ventana que otorga encuadre al paisaje” (203). La percepción del paisaje es como
una pintura y también se observa al decir de Ibarguren: “La irradiación
espiritual de un pueblo surge pura y definida en los campos donde el hombre
está en contacto directo con la tierra; se empaña y adultera en las ciudades
metropolitanas” (9). ¿Es la irradiación espiritual de la tierra mendocina? ¿Es
la experiencia del observador que ha pasado por la ciudad y vuelve al pago? ¿Es la experiencia
del extrañamiento de quien ha estado exiliado? ¿Es la postura y actitud de un
romántico ante la vida?
Consideraciones finales
Hemos podido observar algunas de las
principales cualidades del periodismo decimonónico: su hondura, su solidez, su
profundidad, su belleza, su elevada intencionalidad, su potenciada creatividad
con las que superaba las carencias técnicas, económicas y materiales. Recordemos
aquello de Aristóteles: “la
determinación de cada cosa está dada por el fin” (2009, 78). Si el fin del periodista
es escribir algo que perdure, que eduque, que transmita algún valor, que tenga
trascendencia, que no sea efímero, deberá emplear para ello las formas
adecuadas a este fin. El valor de la prensa y el
periodismo y su influjo sobre la opinión es innegable. Por eso es loable el trabajo editor que sabe seleccionar
expresiones literarias de calidad, a fin de elevar culturalmente, de educar
formando en valores, manifestando ideas, contribuyendo al desarrollo integral
del hombre.
La historia del periodismo es compleja y difícil,
pues todas las grandes innovaciones políticas, intelectuales, económicas y
técnicas han ejercido su acción sobre la prensa periódica. También las
transformaciones políticas y muy especialmente las ideológico-culturales.
Sin dudas esto mismo sucede con el
periodismo actual, a pesar de todos esos factores o a partir de todos ellos hay
que lograr una recuperación del sentido histórico y una recuperación
de la conciencia nacional que impacte en el contenido, en los estilos y en las
formas. La inteligencia hispanoamericana nuevamente debería apropiarse de la
conciencia del pasado histórico, como idea factible y adecuada al proceso de
desarrollo de la autoconciencia nacional y tal vez esto podría contribuir a la
pervivencia del periodismo porque ya no sería un discurso vacío o irrelevante.
El
Liberto, Mendoza, 27 de noviembre de 1831, 12, 4.